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martes, 2 de noviembre de 2010

Atraer al no creyente

El mundo ha entrado en la Iglesia y la Iglesia se ha vuelto mundana. La línea divisoria no se ve tan clara como antes. Hubo épocas en que la distinción era patente, y esas han sido siempre las eras más gloriosas en la historia de la Iglesia.
Conocemos, sin embargo, los argumentos que se han alegado. Se nos ha dicho que tenemos que hacer a la Iglesia atractiva para el no cristiano, y la idea consiste en asemejarse lo más posible a él. Durante la primera guerra mundial hubo capellanes muy populares, que se mezclaban con los soldados, fumaban con ellos, y hacían muchas cosas que sus hombres hacían para animarlos. Algunos pensaban que, como consecuencia de ello, una vez que la guerra terminara, los excombatientes llenarían las iglesias. Pero no sucedió así, y nunca ha sido este el resultado. La gloria del evangelio es que cuando la Iglesia es completamente distinta del mundo, nunca deja de atraerlo. Entonces hace que el mundo escuche su mensaje, si bien al comienzo quizá lo odie. Así llegan los avivamientos. Lo mismo debe ocurrir en el caso nuestro como individuos. No debería ser nuestra ambición parecemos lo más posible a los demás, aunque seamos cristianos, sino ser lo más distintos posible de todo el que no es cristiano. Nuestra ambición debería ser asemejarnos a Cristo, cuanto más mejor, y cuanto más nos asemejemos a El, tanto menos parecidos seremos a los no cristianos.

Permítanme explicarles esto en detalle. El cristiano y el no cristiano son absolutamente diferentes en lo que admiran. El cristiano admira al que es 'pobre en espíritu,' en tanto que los filósofos griegos tenían en menos a tal persona, y todos los que siguen la filosofía griega, ya sea intelectualmente, ya en la práctica, siguen haciendo exactamente lo mismo. Lo que el mundo dice acerca del verdadero cristiano es que es un pusilánime, poco hombre. Esto es lo que dicen.

El mundo cree en la confianza en sí mismo, en seguir los instintos, en dominar la vida, el cristiano cree en ser 'pobre en espíritu.' Pasemos a los periódicos para ver la clase de persona que el mundo admira. Nunca encontraremos nada que se parezca menos a las Bienaventuranzas que lo que atrae al hombre natural y de mundo. Lo que despierta su admiración es la antítesis misma de lo que encontramos en este Sermón. Al hombre natural le gusta la ostentación, cuando esto es precisamente lo que las Bienaventuranzas condenan.

Luego también, como es lógico, difieren en lo que buscan. 'Bienaventurados los que tienen hambre y sed.' ¿De qué? ¿De dinero, riqueza, posición, social, publicidad? De ningún modo. 'De justicia.' Y justicia es ser justo delante de Dios. Tomemos a un hombre cualquiera que no se considere cristiano y que no se interese por el cristianismo. Averigüemos lo que busca y desea, y veremos que siempre es diferente de esto.

Luego, desde luego, difieren por completo en lo que hacen. Esto es una consecuencia necesaria. Si admiran y buscan cosas diferentes, sin duda que hacen cosas diferentes. La consecuencia es que la vida que el cristiano viva debe ser esencialmente diferente de la que vive el no cristiano. El no cristiano es absolutamente consecuente consigo mismo. Dice que vive para este mundo. 'Este,' dice, 'es el único mundo, y voy a sacarle todo el provecho que pueda.' El cristiano, en cambio, comienza por decir que no vive para este mundo; considera a este mundo sólo como camino de paso para entrar en algo eterno y glorioso. Toda su perspectiva y ambición son diferentes. Siente, por lo tanto, que debe vivir de un modo diferente. Así como el hombre mundano es consecuente consigo mismo, así también el cristiano debería serlo. Si lo es, será muy diferente del otro hombre; no puede sino ser así. Pedro lo dice muy bien en el capítulo segundo de su primera Carta cuando afirma que si creemos de verdad que hemos sido llamados 'de las tinieblas a su luz admirable', debemos creer que esto nos ha sucedido a fin de que podamos alabarlo con nuestra vida. Y afirma luego: 'Os ruego como a extranjeros y peregrinos (los que están en este mundo), que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras' (1 P. 2:11,12). No hace más que recurrir a su sentido de la lógica.

Otra diferencia esencial entre los hombres estriba en lo que creen que pueden hacer. El hombre mundano confía mucho en su propia capacidad y está listo a hacer cualquier cosa. El cristiano es un hombre, el único hombre en el mundo, que está verdaderamente consciente de sus limitaciones.

Dr Martin Lloyd-Jones

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