Noten la confesión del publicano; ¿ante quién fue presentada? “Dios, sé propicio a mí, pecador.” ¿Pensó alguna vez el publicano en acudir aun sacerdote para pedirle misericordia y confesar sus pecados? Tal vez el pensamiento atravesara su mente, pero su pecado constituía un peso demasiado grande sobre su conciencia para que fuera aliviado de una manera como esa, así que pronto desechó esa idea. “No”—dijo—“siento
que mi pecado es de tal carácter que nadie, sino Dios, puede quitarlo; y aunque fuera correcto que fuera e hiciera una confesión ante mi semejante, pienso que sería totalmente inútil en mi caso, pues mi enfermedad es de tal naturaleza que nadie, sino un Médico Todopoderoso, podría suprimirla.”Así que dirige su confesión y su oración a un lugar, y sólo a un lugar: “Dios, sé propicio a mí, pecador.” Y ustedes notarán que esta confesión a Dios fue secreta: todo lo que pueden oír de su confesión es una única palabra: “pecador.” ¿Ustedes suponen que eso fue todo lo que confesó? No, amados, yo creo que mucho antes de esto, el publicano había hecho una
confesión de todos sus pecados, privadamente, de rodillas en su propio hogar delante de Dios. Pero ahora, en la casa de Dios, todo lo que tiene que decir para que lo oiga el hombre es: “soy un pecador.”
Y yo te aconsejo que si alguna vez hicieras una confesión ante un hombre, que sea una confesión general, pero nunca debe ser una confesión específica. Tú debes confesar ante tus semejantes que has sido un pecador, pero decirle a cualquier hombre en qué sentido has sido un pecador, no sería sino pecar otra vez y ayudar a que tus semejantes transgredan. Cuán inmunda ha de ser el alma de ese sacerdote que presta su oído para que se convierta en una alcantarilla que ha de albergar la inmundicia de los corazones de otras personas. No puedo imaginar ni siquiera que el diablo sea más depravado que el hombre que gasta su tiempo, sentado en un confesionario, con su oído contra los labios de hombres y mujeres que, si confesaran verazmente, le harían un adepto de todos los vicios, y le instruirían en iniquidades que, de otra manera, no habría conocido jamás. Oh, yo te exhorto que nunca contamines a tu prójimo; guarda tu pecado para ti mismo, y para tu Dios; Él no puede ser contaminado por tu iniquidad; haz una clara y plena confesión de tu pecado delante de Él; pero, ante tu prójimo, no le agregues nada a la confesión general: “¡soy un pecador!”
Esta confesión que hizo delante de Dios, fue espontánea. No se le hizo ninguna pregunta a este hombre en lo tocante a si era un pecador o no; o en cuanto a si había quebrantado el séptimo mandamiento, o el octavo, o el noveno, o el décimo; no, su corazón estaba lleno de penitencia, y se derramaba en este susurro: “Dios, sé propicio a mí, pecador.”
Nos dicen que algunas personas no pueden nunca hacer una plena confesión, a menos que un sacerdote les ayude, haciéndoles preguntas. Mis queridos amigos, la propia excelencia de la penitencia se pierde, y su encanto desaparece, si se hiciera alguna pregunta: la confesión no es verdadera ni real a menos que sea espontánea. El hombre que necesita que alguien le diga cuáles son sus pecados, no podría haber sentido el peso del pecado. ¿Pueden imaginarse a algún hombre cargado con un peso a su espalda, quien, antes de que gimiera bajo ese peso, necesitara que se le dijera que llevaba un peso allí? Ciertamente no. El hombre gime bajo el peso, y no necesita que se le diga: “allí está sobre tu espalda”; él sabe que allí está. Y si, mediante las preguntas de un sacerdote, pudiera obtenerse una plena y exhaustiva confesión de algún hombre o de alguna mujer, sería totalmente inútil, totalmente vana delante de Dios, porque no sería espontánea.
Debemos confesar nuestros pecados porque no podemos evitar confesarlos; tienen que salir porque no podemos guardarlos adentro; es como un fuego en los huesos, que pareciera como si fuera a derretir nuestro propio ánimo, a menos que diéramos salida al gemido de nuestra confesión delante del trono de Dios. Miren al publicano; no pueden oír la plena confesión humilde que hace; todo lo que pueden oír es su simple reconocimiento de que es un pecador; pero eso brota espontáneamente de sus labios; Dios mismo no tiene que hacerle la pregunta, sino que el publicano viene delante del trono, y libremente se entrega en manos de la Justicia Todopoderosa, confesando ser un rebelde y un pecador. Esto es lo primero que debemos notar de su confesión: que hizo la confesión a Dios, secreta y espontáneamente; y todo lo que dijo abiertamente fue que era “un pecador.”
Además: ¿qué confesó? Confesó, según nos informa nuestro texto, que era un pecador. Ahora, ¡cuán apropiada es esta oración para nosotros¡ Pues, ¿hay acaso algún labio aquí presente para el que esta confesión no sea adecuada: “Dios, sé propicio a mí, pecador?” ¿Acaso dices: “esa oración le vendría bien a la ramera, cuando, después de una vida de pecado, la corrupción está en sus huesos, y está muriendo en la desesperación: esa oración se adecua a sus labios?” Ay, pero, amigo mío, le vendría bien a tus labios y a los míos también. Si conocieras tu corazón—y yo conozco el mío—la oración que sería apropiada para ella sería apropiada para nosotros también. Tú nunca has cometido los pecados que el fariseo repudió; tampoco has sido extorsionador, ni has sido injusto, ni has sido un adúltero; tampoco has sido ni siquiera como el publicano; pero, sin embargo, la palabra “pecador” todavía se aplica a ti; y sentirías que así es, si estuvieras en la condición apropiada. Recuerda cuánto has pecado tú en contra de la luz. Es verdad que la ramera ha pecado más abiertamente que tú, pero ¿tenía ella la luz que tú has recibido? ¿Crees que recibió una educación y un entrenamiento tan tempranos como los que tú has recibido? ¿Experimentó ella alguna vez los remordimientos de conciencia
y las guardas de la providencia como los que han vigilado tu carrera? Esto he de confesar en cuanto a mí: siento, y debería sentir una peculiar atrocidad en mi propio pecado, pues peco contra la luz, contra la conciencia, y peor todavía, contra el amor recibido de Dios, y contra la misericordia prometida por Dios.
C.H. Spurgeon
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Nuestra iglesia está ubicada en la calle San francisco 812 (frente a la comisaría de carabineros), en la comuna de Talagante. Más información mirar sección Links de intéres.
lunes, 16 de agosto de 2010
“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.”
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