Nuestra iglesia está ubicada en la calle San francisco 812 (frente a la comisaría de carabineros), en la comuna de Talagante. Más información mirar sección Links de intéres.

sábado, 24 de julio de 2010

Jesús nuestro amigo

"Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos." Mateo 9: 10.


¡Cuán extrañamente diferente es nuestro Señor Jesucristo de los filósofos de Grecia! Estos eran reservados en su comportamiento; eran eclécticos o estudiosamente exquisitos en sus gustos, y eran suspicaces del contacto con sus semejantes. Retirábanse de los atestados sitios predilectos de los hombres, para rodearse de una atmósfera creada por su propio aliento, y no aceptaban a nadie en su cercanía, excepto a quienes fueran dignos compañeros de hombres tan exaltados por su sabiduría como eran ellos. Sus discípulos los miraban con profunda y obsequiosa reverencia; y ellos mismos, en sus diversos salones y aulas, hablaban como suelen hablar los hombres que enseñan a los niños, y sus alumnos estaban completamente sujetos a su dictado; pero siempre mantenían "a la gente común" a distancia, pues no se preocupaban por instruir a los muchos, sino únicamente por enseñar a unos cuantos que tuvieran la ambición de convertirse en sabios como ellos.

Nuestro bendito Dios y Señor no era un filósofo de ese tipo, apartado y aislado con sus escasos discípulos. Tenía a Sus doce escogidos, pero todos ellos se mezclaban libremente con el populacho. Él era un hombre entre los hombres y no un filósofo entre aquellos que estaban aislados de los hombres. Es cierto que enseñaba mayor sabiduría que la que poseían todos los sabios, y una mejor filosofía que la que era entendida por todos los sabios de Grecia; pero, a pesar de ello, compartía con la gente del pueblo, y era tierno de corazón, afable y de espíritu amable. Tenemos un ejemplo de esto aquí, donde leemos que Jesús hizo lo que Solón o Sócrates no habrían hecho nunca, pues, se sentó para tomar los alimentos con la gente común que le rodeaba, y comió con publicanos y pecadores.

¡Podemos agregar, además, que Cristo era muy diferente de los grandes profetas de los tiempos antiguos! Por mucho que esforzáramos nuestra imaginación, no podríamos concebir a Moisés sentado junto a los pecadores para comer. Él era rey en Jesurún; una terrible majestad rodeaba al profeta de Horeb, poderoso en palabra y en obra. Doquiera que iba, se mostraba como el hombre que había sido exaltado sobre sus semejantes debido a su excelso oficio. Todo su carácter, -al igual que su rostro en aquella memorable ocasión cuando estuvo en el monte con Dios- resplandecía con tanta brillantez, que los hombres ordinarios difícilmente podían contemplarlo, a menos que cubriera su rostro con un velo. Más de una vez estuvo oculto en completo retiro con Dios. Es verdad que Moisés, en el correcto desempeño de su oficio, era lo bastante accesible, para todos aquellos que tuvieran quejas o acusaciones que debían ser decididas en el tribunal en el que presidía como juez; pero ¿quién presumiría en pensar ser un compañero del poderoso Moisés? Incluso pareciera que existía un gran golfo entre Aarón y María, y su hermano Moisés, que ostentaba un porte verdaderamente real; no podían acercarse a él sin la debida deferencia, ni él podía descender para estar en un mismo nivel social con ellos.

Piensen también en Elías, el propio prototipo y modelo de un profeta del Dios Altísimo. ¡Con cuánta distancia sobrepasaba a los hombres de su época! El fuego que Elías convocó del cielo sobre el sacrificio del Carmelo, y sobre los capitanes de cincuenta con sus cincuenta, pareciera ser un tipo adecuado de su propio carácter. Uno podría admirarle como un profeta, y seguirle como un líder, pero ¿quién pensaría en tenerle como un compañero y amigo? Severo, resuelto, fiel, demuestra poca o ninguna piedad por el pecador; lo único que podría decirle a Elías el hombre extraviado, sería lo mismo que Acab le dijo: "¿Me has hallado, enemigo mío?" Su severidad al censurar el pecado, su denuncia valerosa y tronante de la idolatría, hacía que los hombres temblaran delante de él; y difícilmente podríamos imaginarnos que los publicanos y pecadores hubieran estado ansiosos de sentarse a la mesa con él.

Pero, hermanos míos, el Cristo, cuyo Evangelio predicamos, no es un filósofo inaccesible. La gloria de Su persona refleja incluso un lustre más resplandeciente que la dignidad de Su oficio. Él se mostraba entre los hombres, no como alguien que hubiera sido elevado desde de las clases bajas para alcanzar una posición por sí mismo, sino como alguien que se inclinó desde el cielo de los cielos, para derramar bendiciones a los hijos de los hombres; sin embargo, el ignorante y el analfabeto pueden encontrar en Él a su mejor amigo. Él no es un legislador rígido como Moisés que, envolviéndose en el manto de su propia integridad, mira al transgresor simplemente con el ojo de la justicia; tampoco es Él meramente el denunciador despiadado de la iniquidad y del crimen, y el audaz portavoz de la pena y del castigo.

Cristo es el tierno Amante de nuestras almas; es el buen Pastor que sale, no tanto para matar al lobo, como para salvar a la oveja. Como una nodriza que vigila tiernamente al niño confiado a su cargo, así vigila Jesús las almas de los hombres; y como un padre que se apiada de sus hijos, así se apiada Él de los hombres pecadores. No les pide a los pecadores desde una elevada altura que asciendan a Él, sino que, descendiendo del monte y mezclándose con ellos en un intercambio social, los atrae por la fuerza magnética de Su amor todopoderoso. Su verdadero título es: "Jesús, el Amigo de los pecadores", pues eso es realmente. ¡Oh Jesús, que te conozcamos personalmente como nuestro amigo en este preciso instante! Nosotros somos pecadores; sé Tú nuestro Amigo.

C.H. Spurgeon.

No hay comentarios:

Publicar un comentario